Nikkei Life

Archive for mayo 2008

Esta mañana al ver la fecha que mostraba el calendario, me sorprendí y recordé nuevamente que muchas veces el tiempo pasa volando.

Hace justamente un año, Dajabón se vió afectada por el paso de un sorpresivo tornado, el cuál ocasionó el derrumbe de gran cantidad de árboles y postes del tendido eléctrico, así como el techado de varias casas. Gracias a Dios, no tuvimos que lamentar pérdidas humanas. Las personas más afectadas fueron los militares ubicados en la zona de la aduana y el río Masacre, quiénes recibieron el impacto de los fuertes granizos. Sin embargo, los mismos se recuperaron al cabo de varias semanas.

Este año ha sido un año lleno de cambios para mi ciudad. Muchos de los lugares han cambiado, en especial los patios de las casas de mi barrio. Decenas de cedros y robles que adornaban muchos de mis lugares favoritos, ya no existen más. Las palmeras y los framboyanes que engalanaron mi adolescencia,  esos que me cobijaban de los potentes rayos del sol camino al colegio y al trabajo… muchos ya no están presentes.

8 de mayo del 2007 es un día que muchos recordarán. En lo persona, yo lo haré por mucho tiempo. Y no porque esté traumada como otras personas, sino, como un día que si bien me asustó, me hizo estar más consciente de que todo lo que tenemos HOY lo podemos perder en cualquier momento. Recuerdo la sensación de pensar por un instante que mi familia estuviese herida o que hubiese perdido mi casa y mis pertenencias. Gracias a Dios, solamente fue un susto y de ahí no pasó.

Sé que en lo adelante seguirán ocurriendo desastres y fenómenos naturales cada vez más incomprensibles. Científicamente es probable que suceda por problemas como el calentamiento global, y si vamos a asuntos teológicos, la Biblia también lo menciona. Ante esa perspectiva tan evidente no nos queda otra alternativa que ser personas más coscientes sobre nuestro entorno y el medio ambiente al cual pertenecemos, y claro, no perder la fe en nuestro Dios.

A un año del sustico… par de imágenes para recordar lo que la naturaleza puede ocasionar en menos de 5 minutos.

“No entiendo muchas cosas, y por no entenderlas, a veces, no me entiendo ni a mí misma”

No entiendo a la gente que dice no tener amigos. Tampoco entiendo a la gente que, aún cuando tiene muchos amigos, no los visita, ni los llama por teléfono, ni les escribe.

No entiendo la gente que, pasado el tiempo, no sabe perdonar las ofensas ni disculpa los errores. No entiendo al que guarda odios ancestrales.

No entiendo la gente que no se solidariza con los problemas de los demás. Ni entiendo al que no sabe llorar ante la tragedia ajena.

No entiendo a la gente que cree en el amor como una imposición. Tampoco entiendo el abrazo que asfixia. Ni entiendo el beso que muerde.

No entiendo a la gente sin sueños ni utopías. Tampoco entiendo a la gente que no siembra, porque piensa que otro cosechará lo sembrado.

No entiendo a la gente que, en lugar de manos, tiene garras.

No entiendo a la gente que no le gusta ver el amanecer, la salida del sol, la mañana que comienza a levantarse. Ni entiendo al que no guarda silencio para escuchar el canto del río ni se embelesa ante el perfecto vuelo de las aves.

No entiendo a la gente que no resiste el silencio. Porque tampoco entiendo a al gente que no busca un momento de soledad para encontrarse.

No entiendo a la gente incapaz de ponerse a la altura de un niño. Ni entiendo al que es incapaz de sonreír a un desconocido.

No entiendo a la gente que vive al acecho de los demás; porque tampoco entiendo al que duda de todo y de todos.

No entiendo a la gente que maltrata al más débil; como no entiendo al que se arrodilla ante el más rico. Tampoco entiendo al que rinde culto al guerrero. Pero no quiero entender al que no se indigna ante la injustica.

No entiendo a la gente que vive queriendo ser otra persona. Pero tampoco entiendo al que no se quiere a sí mismo y vive sacrificando por los demás y lo pregona a los cuatro vientos. Pero tampoco entiendo al que espera todo y es incapaz de dar.

No entiendo a la gente que no puede vivir sin controlar a los demás. Y tampoco entiendo al que no tiene fe en sí mismo ni esperanzas.

No entiendo a la gente que no le gustan los libros, ni la música, ni ver una puesta de sol, ni caminar en la arena junto al mar, ni respirar el aire limpio de las montañas, ni alzar la mirada ver hasta donde crecen los árboles.

Sin embargo, he ido codificando un lenguaje sencillo, simple a veces sin palabras, para llegar a los que amo.

Una sonrisa, un gesto, un apretón de manos o un abrazo, me han abierto las puertas de muchos corazones, y aunque muchas veces no los entiendo y quizás ellos tampoco a mí, he llegado a amarlos profundamente.

Imagen: www.pico-pico.org


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